Rutas de un viaje mágico: Recomendaciones e itinerarios para visitar el Sudeste asiático

Nunca pienso dos veces para responder que el mejor viaje que Jorge y yo hemos hecho en nuestras vidas, ha sido visitar el Sudeste asiático. En realidad, como fueron 26 días, tan solo pudimos conocer una gota de esa enorme geografía compuesta por maravillosos países, paisajes rurales, caminos gastronómicos y sonrisas naturales. Sin embargo, lograr encontrar gran parte de eso, no es tan espontáneo como las sonrisas que te regalan los vietnamitas cuando los miras. No fue nada fortuito. Estuvimos meses atrás averiguando bien cómo definir un itinerario que nos permitiera movernos y aprovechar el tiempo lo más que pudiéramos, pero sin andar corriendo solo haciendo fotos y conociendo mil lugares en un solo día. Fue fantástico encontrar la cantidad de turistas norteamericanos y europeos que te recomiendan las opciones. Yo fui escribiendo una bitácora, la cual resumiré más adelante para no aburrir a los gastroviajeros, pero aquí doy unas primeras recomendaciones para que visites lugares fantásticos como los que conocimos nosotros.

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Albóndigas de lomo de cerdo con limonaria

2014. Albóndigas de lomo de cerdo con limonaria

En agosto del 2014, vinieron de visita a Bogotá nuestros amigos Giovanni y Joerg! No conocían la casa nueva y me quedé pensando que podía cocinar un día de semana, ya que era un miércoles!  Como me encanta la limonaria! y también el lomo de cerdo, curioseando recetas una de esas noches previas a la cena, me encontré un blog que ahora sigo mucho: Iamafoodblog. La chica (Stephani Le) proponía una  receta de “lemongrass pork meatballs”, lo que atrapó mi atención porque en casa somos amantes de las albóndigas de todo tipo de carne y vegetales. Además, estas bolitas son horneadas, lo que nos encantó porque son aún más saludables y se percibe mejor el sabor aromático de la limonaria!

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Rollitos primavera frescos con camarones y vegetales (Fresh Spring Rolls)

2010. Rollitos primavera frescos con camarones y vegetales (Fresh Spring Rolls)

En el 2010 empezó mi vida en Colombia. Para ser exactos el 11 de abril de 2010. En esos días que conocía pocas personas, tuve la dicha de que mis amigas María y Gaby estuvieran también viviendo en Bogotá y además, trabajáramos todos en la misma empresa. Entre ese año y el 2011, solíamos reunirnos una vez al mes para cocinar cosas ricas y tomar unos vinos. En una de esas cenas comí después de muchos años los rollitos de papel de arroz frescos y quedé emocionado. Luego a los días en una cadena de comida asiática, volví a probarlos, y ya en unas semanas estaba con el papel de arroz y montones de vegetales intentándolos yo mismo.

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El hummus que se hace en casa!

1994. El hummus que se hace en casa. 

Se vieron alguna vez “Mi gran boda griega”? una de las mejores escenas de esa divertida película, es casi la primera, cuando ella era niña y llevaba al colegio un gyro, mientras sus compañeros comían un sandwich. A mi también me pasaba cuando era niño! ya que aunque soy venezolano, mis papas son inmigrantes libaneses. Por eso, en vez de llevar arepas y empanadas al colegio, solía llevar un “wrap” de pan árabe relleno de yogurt (laban) y trozos de pimentones o una “pizza” de zatar (oregano+tomillo+ajonjolí en aceite de oliva). Obviamente, mis compañeros se quedaban viendo mi desayuno como una cosa rara, pero a mi no me importaba, porque en el mundo no existía algo más rico que eso. Así que el hummus es de esos platos que me han acompañado toda la vida, desde que era pequeño.  Es por eso, que la cocina libanesa siempre me acompaña adonde voy y la que siempre evoca mi infancia. Por eso cuando aprendo a cocinar un nuevo plato libanés, siento que se me hace más fácil que cuando pruebo hacer algo de otro origen, tal vez es cocina intuitiva.

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Prólogo de un blog viajero y comestible: El Tercer Vuelo

Solía pensar que solo había dos formas de volar. Una en el aire: cuando te daban alas, o en un avión, o soñar que eres un ave, o lanzarse en paracaídas. La otra, que experimenté varias veces,  es cuando me sumerjo muchos metros bajo el agua para saber que incluso uno simplemente no se hunde,cielosino que vuela con oxígeno venciendo la gravedad, sin dejarse caer a lo más profundo y sin elevarse hacia la superficie, volar mientras se bucea.
Pero fue hasta hace muy poco que comprendí, que desde hace mucho vuelo. Y lo hago sin soñar, sin montarme en un vehículo aéreo, o pegarme en la espalda una botella de oxígeno. Sin tener consciencia clara mis pies levemente pierden un poco de firmeza sobre el suelo y así todo el cuerpo. Sucede constantemente, pero no todo el tiempo. Y no solo me pasa a mí, sino a otros tantos. No somos pocos, ni somos una especie en extinción.  Somos una gran cantidad de personas que a veces se identifica, pero que la mayoría de los casos, silenciosos, no encontramos ningún código de comunicación. Caminamos por los aeropuertos y a nuestro lado puede estar en ese cruce otro más de nuestra especie, sin emitir un sonido o una seña que mencione que pertenecemos a la misma estirpe. Podemos estar en la oficina y nuestro callado compañero del cubículo de al lado puede haberse elevado la noche anterior sin darnos cuenta de eso. Alguno de los vecinos, puede un mediodía de sábado estar volando por el comedor de su casa y no lo escuchamos, ni lo notamos. El problema de esto, es que no sabemos cuántos somos los habitantes que emprendemos el tercer vuelo. Ellos vuelan, nosotros volamos. Y a veces no nos damos cuenta de que lo hacemos, solo lo disfrutamos.

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