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Falafel: el viaje hacia mi infancia

1985. El falafel y el viaje hacia mi infancia

A veces pienso que en el mundo, existen personas que se mueven y otras más bien estáticas. Soy de esa especie que no soporta quedarse en casa cuando tiene vacaciones. En mi flujo de caja siempre estoy pagando los viajes que realicé meses anteriores y mientras hago eso, ya estoy programando un nuevo viaje. Lo sé, soy un desastre. A mis 35 años he coleccionado más experiencias y millas, que ahorros para una casa propia.

De hecho, el 2016 ha sido relativamente tranquilo, porque estoy disfrutando el sueño de este blog y metiéndole toda la energía posible, para mejorar mi calidad fotográfica y practicar muchas recetas. Estoy viviendo mi momento más sedentario, porque estoy volando a través de todas estas historias relacionadas a la gastronomía.

Como buen viajero que soy, pienso también en el viaje de las cosas, en cómo se transporta lo que llega a nosotros. Por ejemplo, los ingredientes para comer y beber. Es hermoso ese proceso que lleva una uva desde que se sembraron las primeras semillas y todo el tiempo que transcurrió entre días lluviosos y soleados para que su raíz se transformara que tallos y ramas, y de ahí brotaran primero las hojas de parra y luego la fruta. Fruta que dependiendo de la cepa se convertiría en vino y el vino se movería kilómetros terrestres y marinos, sobre buques a través de tempestades y olas, hasta llegar a las bocas de todos los que lo disfrutamos. Todo ese viaje tiene un por qué, y ese por qué no puede ser echar a la basura los alimentos que se nos dañan en la nevera por descuido nuestro.

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Esos viajes también durante años los hicieron toneladas de garbanzos hasta mi pueblo, San Juan, en el que me críe al centro de Venezuela. Mi madre, mis tías, mi abuela, recibían esos granos gloriosos y fueron con sus manos mostrándonos a nosotros, hijos de inmigrantes libaneses nacidos en Latinoamérica, como se trituraban los garbanzos en remojo y se convertían en alegres croquetas fritas que se llaman falafel. Feliz comida que hacía felices nuestros almuerzos.

Cuando quiero evocar esa infancia feliz, no hago arepas, ni asado negro, ni bienmesabe, ni tequeños, me da por cocinar comida de mi infancia: el tabbule, los falafel, el babaganush, el hummus, el kibbe, entre otros, y aunque yo haya nacido en Venezuela y me sienta muy venezolano, la cocina libanesa siempre será mi verdadera comida, la que intuitivamente despierta sin necesitar medidas exactas, cuando tengo en mis manos los ingredientes, y la que al olfatearla, me lleva a las historias de la década de los ochenta y los noventa, donde nunca imaginé que la distancia física existiría entre mi familia y yo. Cocinar esta comida es la manera más parecida que tengo de viajar y estar cerca de mis afectos sanguíneos. Esta receta está dedicada a mi mamá, a mis tias, a mis abuelas, las de Venezuela, y las del Líbano.

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Ingredientes:

500 a 700 gramos de garbanzos crudos en remojo de uno o dos días (no pueden ser de lata, ojo!)

1 manojo de perejil picado pequeño

1 manojo de cilantro picado

2 dientes de ajo

1 cebolla blanca cortada en trozos pequeños

1 tbsp (cucharada) de comino en hojas secas (o en polvo, igual si no tienes comino no te limites)

2 tsp (cucharadita) de sal

1 tsp (cucharadita) de bicarbonato de sodio

½ tbsp (cucharada) de pimienta recién molida

1 a 2 tazas de harina de trigo o de garbanzos o pan rallado (esto solo se usará si la masa no queda muy consistente)

Aceite vegetal suficiente para freir las bolas aplastadas de falafel.

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¿Qué hago?

Empiezo por lo más difícil: Triturar los garbanzos. Saco los garbanzos del remojo y con un procesador o un pasa-puré los trituro, hasta garantizar que han quedado en trozos muy muy pequeños. Yo no suelo quitarle las cascaras a los garbanzos, pero si es necesario para ti hacerlo, pues hazlo. Coloco la masa que se hace de granos triturados en un bowl grande.

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Agrego la cebolla, perejil, cilantro, ajo, sal, pimienta y comino en una licuadora o procesador. La mejor manera de saber cuánto voy a usar de cilantro y perejil es que lo que lo que salió en cebolla, uses la misma cantidad en perejill y cilantro. Proceso hasta ahora una pasta verde de olor fuerte por la cantidad de ingredientes que estás usando. A veces se me dificulta procesar todo eso, así que le agrego un chorrito de agua que me ayuda a que se licúe mejor todo. Pero es solo un poquito porque no me conviene que sea tan aguada esta pasta.

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Agrego la pasta verde sobre la masa de garbanzos y mezclo bien los ingredientes, hasta que toda la masa se vuelve verde.

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Verifico la consistencia y si está muy aguado y no puedo realizar croquetas aplastadas de unos 4 o 5 cms, voy agregando la harina para mejorar su consistencia. Yo siempre prefiero usar harina de garbanzo para seguir manteniendo el ingrediente protagonista, pero es más común usar harina de trigo y la verdad, es que no le cambia el sabor a los falafel. Una vez tengo la masa lista (definiendo ya si le colocaré o no la harina), le agrego la cucharadita de bicarbonato de sodio y mezclo. Procedo a realizar las croquetas aplastadas y las coloco en un plato.

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Caliento suficiente aceite vegetal y procedo a freir las bolas. Debe ser bastante aceite para asegurar que se sumerjan. Se fríen rápidamente, a veces en cuestión de segundos, lo importante es que los falafel adquieran un color bastante marrón tostado.

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Sirvo en un plato y acompaño con pan árabe y dips libaneses como los que ya he publicado y disfruto!

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Tip importantísimo: No uses garbanzos de lata! se van a deshacer! Hay recetas donde combinan garbanzos con habas. Puedes intentarlo y me cuentas!

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Tip #2: El efecto del bicarbonato es para ayudar que se infle la masa y se sientan más esponjosos los falafel (información dada por mi madrina y mi mamá!)

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